Escrito por Ismael el día 28 May 2008 a las 5:36 pm. No hay comentarios.
Guardado en Diva-gaciones.

Desde que empecé a trabajar para Ímago mi producción se ha basado prácticamente en la elaboración de guiones y dramaturgia para los espectáculos que montamos. Nunca me he considerado guionista, ni mucho menos dramaturgo, sino tan solo narrador en apuros económicos. Malamente, he llegado a descuidar un poco mi producción narrativa en aras del trabajo. Hasta hace algunos años, me dedicaba por entero a formatos cortos, como el cuento o la ficción breve. Pero tarde que temprano, a cualquiera le pica la curiosidad por escribir una novela, sobre todo porque parece ser lo más rentable para ser publicado. Mis incursiones en los escritos de largo aliento han sido infructuosos, pues al igual que en mi vida sentimental, me cuesta trabajo serle fiel a un solo objeto catexico; creo padecer una rara especie de déficit de atención emocional. Trozos más o menos largos de novelas y bosquejos breves son el fruto de mi donjuaneria literaria. Cualquier novelista sentiría pena ajena por mi caso, y lo más seguro es que terminaran por reprender la falta de compromiso para mis proyectos. Dicha incursión a los formato de largo aliento ha producido una notable ausencia de publicaciones. Periódicos, revistas y fanzzines publican, debido a cuestiones de espacio, cuentos cortos. He agotado toda mi producción en ellos, publicar de nuevo sería repetirme, y no es algo que me parezca apetecible. Sin embargo, incursionar en otros géneros, como la dramaturgia, ha despertado posibilidades en mí, como la nueva y renovada toma de consciencia en los diálogos. ¡Cortázar me parece tan sorprendente para estos menesteres! Tiene una habilidad para crear diálogos que no sólo parecen verosímiles, sino profundamente literarios. Y pienso en una novela suya que a la mayoría no le agrada tanto, pero que a mí me robó el corazón. Me refiero a “Los premios”, texto que disfruté más que otros muy reconocidos, como “Rayuela” o “Historias de cronopios y famas”. La historia de “Los premios” puede ser truculenta y un tanto ramplona, si se quiere, pero fue lo suficientemente fuerte para mí como para mantenerme al vilo del asiento de la taza del baño (mi lugar preferido para leer) por horas. Me gustaría tomar un poco de él para crear los diálogos en las dramaturgias que escribo, pero me parece una tarea harto imposible debido a su enorme genio y talento. Otro autor que también se lleva las palmas en la cuestión dialógica es Juan García-Ponce, que con un coloquialismo sincero les da una dimensión espectacular a sus personajes. Los hacer reales, pero a la vez profundamente literarios. Es como leer la vida, pero una vida mejor. Porque supóngome que eso es la literatura, la vida misma, pero mejor.